31.10.07

SODA


Gustavo Cerati intentó agradar a su público con un par de comentarios desubicados que hablaban de tequilas mexicanas y cumbias colombianas. ¿Tequilas y cumbias? ¿Qué tuvieron que ver con la identidad ecuatoriana?. Nada. Aquel desatino del líder de Soda Stereo fue lo que menos importó a los 35 mil fanáticos que acudieron al estadio Alberto Spencer y se sometieron al 'juego de seducción' del célebre trío argentino en una Guayaquil, que en cuestión de dos horas y media se convirtió en una 'ciudad de la furia'.
Lo que importaba era escuchar en vivo aquellos temas como 'Picnic en el cuarto B' , en el que frutillas con pies se reflejaban en dos pantallas gigantes, que medían unos 30 metros de altura. Canciones como la clásica Sobredosis de TV, que dejaba ver la imagen de un televisor descompuesto o el arco iris de colores cuando no tiene sintonía, al fondo del escenario que, desde el césped del estadio en el que miles habían hecho su propio 'picnic' sabatino, hacía ver como tres minúsculas hormigas alborotadas a Cerati, Zeta Bossio y Charly Alberti.
Y es que la escenografía e iluminación repleta colores, formas y sicodelia, trasladaron a los 'sodamaníacos' a conciertos como el 'Pulse' de los legendarios Pink Floyd, envueltos por los solos de guitarra de Cerati, que a ratos tenían tintes (guardando las enormes distancias) con los 'riff' setenteros del mítico Jimi Hendrix. Todo eso acompañado por el bajo de Zeta y la ejecución algo 'jazzera' que salía de la batería de Alberti, que tenía se basaba más en los golpes al esterbil y que surgía de su alternado movimiento de muñecas.
Pero las imágenes de las pantallas no eran al azar, tenían siempre un sentido con las canciones que interpretaba la banda como Disco eterno, en el que tres vinilos giraban incesantemente con el logo de tres íconos para baños de hombres, que representaban a los músicos y que fue concebido para la gira 'Me verás volver..'.
Aunque la actitud de Soda, un día antes del show, había sido muy parca con el público, en el escenario fue muy interactiva con un "Viva Guayaquil carajo", de entrada como para meterse a los sodamaníacos en el bolsillo o la improvisación burlona de reggaetón que Charly ejecutó con su batería al final de 'Cuando pase el temblor', que minutos antes se había fusionado discretamente con 'Zoom' como lo haría un disjockey de discoteca.
Hubo canciones con más acogidas que otras como 'Persiana' americana, que provocó un leve 'mosh' (choque entre unos con otros); 'De música ligera' que hizo temblar el piso con los saltos de 35 mil personas a la vez o quizás 'En la ciudad de la furia' donde sonaba como himno el estribillo inicial "me verás volar por la ciudad de la furia, donde nadie sabe de mí..." o el coro "me verás caer (una de las frases que adrede fue alterada para publicitar la gira).
La energía de Soda para los veinteañeros que por primera vez los vio en vivo, que habían hecho fila desde la mañana e incluso esperaron a la banda acostados sobre la hierba, se mezcló a ratos con la nostalgia de los cuarentones que fueron testigos de la visita del trío argentino en 1987, aquellos que vieron a Cerati con un copete más alborotado, la entonces larga melena de Charly y el mechón de Zeta, que disimulaba el inicio de una calvicie que ahora luce con orgullo.
La pinta actual de ellos, vestidos de negro, era lo que menos importaba a los sodamaníacos, menos si Cerati pensó que la bebida oficial ecuatoriana es el tequila o si la música tradicional es la cumbia. Solo importó someterse a los 'juegos de seducción' que entre las nueve y media y doce de la noche convirtieron a Guayaquil en una 'ciudad de la furia'.

Flaco Veintimilla

28.10.07

Gracias Totales

17.10.07

La foto de arriba, no sirve!!! Eso dice mi jefe, porque las piernas de esa bien dotada señorita (dignas de una portada de EXTRA) lo distraen… así que en la foto de abajo, el amigo de la derecha, se resintió y se fue.
Pixies

16.10.07

nada que decir...

pixies

El castigo



¿Es un pecado ir a trabajar con una guayabera blanca, jeans y zapatos Converse? Parece que demostrar cada semana lo mucho que uno quiere a este pedazo de tierra con edificaciones sucias, con un río puerco y sedimentoso, y con alto grado de contaminación ambiental, visual y mental, lo hace merecedor a un destierro de cinco días a Quito.
El mismo 9 de octubre, embarcado en un avión con rumbo a las alturas, vi como la semana de mayor identificación guayaquileña para algunos o de fiestas de pueblo para otros, desaparecía de mi retina. Escarbé en el sótano del cerebro para encontrar algún recuerdo que mantenga viva la salvajada de celebración por la Independencia de la ciudad que tanto nos identifica, así nos hagamos los pendejos y digamos: "yo no salgo porque la ciudad se repleta de cholos, morbosos, idiotas, pendejos, chiros y borrachos".
Llegó la hora de lidiar contra el frío, la lluvia, el sol marica que asoma su carota y se va espantado por un trueno. Del "buenos días de Dios" de algunitos por allá arriba que con la carita arrugada y con los ojos achinados, te saludan y a la primera te dan por la espalda con el escupitajo verbal: "este es mono, no".
El estómago también sufrió el castigo. Cazuela de pescado en el almuerzo que en la noche se convirtió en dolor, gases y agua color caca.
Una noche fui en busca del grito de la Independencia en tierra ajena. Cerveza helada a 2.850 metros sobre el nivel del manso Guayas. A demostrar lo guayaco.
El feriado que decretó el ‘Compañerito’ por la gesta histórica en 1820, pasó en las alturas como carnaval adelantado.
Nadie con un trapo celeste y blanco, todos ‘chapuditos’ y vestidos de cuero negro. Pensaban que el asueto era porque al día siguiente jugaba Ecuador. ¡Viva la Patria!
Y vía celular me decía que la Feria de Durán, que los conciertos, que los paseos en bote en el Salado, que el encebollado, que el peloteo en la calle. ¡Naaada!, yo quería un trago con los panitas en el cerro, como siempre. Eso no entendían en las alturas, allá el primero en caer borracho en la Juan León Mera era la alfombra y se quedaba botado por sus propios amigos.
Regreso el domingo a las 13:30, ni las tapillas de las botellas de licor estaban en las calles porque Vachagnon ya había pegado su barrida por las calles y para no dejar huellas de la semana que me perdí.

14.10.07

Se nos fue la pollo!!!!

La comunidad pastel de chorizo te desea lo mejor. Ojalá vuelvan pronto tus risas maquiavélicas y tus comentarios hirientes para que todos volvamos a ser un poco más felices.
¡¡¡Te queremos!!!

Sucia política

La política ecuatoriana es como un chaulafán chino, mezclado con una paella valenciana y con una fanesca criolla: tiene de todo y te da náuseas solo de pensarla. En un mismo poste estaba lo gay de Alvarito y de Mata, al lado del retraso mental de Panchana y de todas las modelos, y la hipocresía de las Anabellas y Ximenas.



El niño



Hazme el milagro, Gemita!!!!!!!!!!

La primera vez que vi su cara redonda y coloreada fue en Extra. Sus ojos me miraron como queriéndose comer las ganas que me nacieron por pisar sus absurdas pretensiones de santa. Entonces me robé su cara y pensé en que lo más relacionado con la mierda que vendía Gemita era una tapa de servicio higiénico. La tapa es como la puerta que te abre el camino a la letrina mental. Ojalá que todos los charlatanes y los que se burlan de la ignorancia ajena terminen dentro.
El niño


10.10.07

Cuando las patas de pollo frito eclipsaron el arte

Ya de era de noche cuando al Presidente se le ocurrió ir a la inauguración del Salón de Octubre, esa especie de verbena popular en medio de la que cuelgan los cuadros más pueriles del año y que llevan títulos tan absurdos como los comentarios de los personajes que van a verlos.

Salió Correa de ese templo de cuadros muertos, donde pocas ideas chorrean de las paredes, y la gente que esperaba que los dejaran pasar le gritó contenta que él era su ídolo –seamos francos, fueron las mujeres que le gritaron- y por fin pudieron entrar como en una ceremonia de chimpancés en celo a la Casa de la Cultura, aquel edificio que parece que nadie limpia desde hace veinte años y que huele a las bombachas de las abuelitas.

Apurados y a empujones como si fuesen a ver la última colección de Dalí, llegó la turba –en ese momento, creía que hambrienta de arte- hasta la pinacoteca donde se inauguraba la colección de pinturas premiadas. Allí, decían los diarios, estaban los “mejores” trabajos artísticos de la temporada. Y sus autores, algunos verdaderos avezados en el arte de no decir nada con sus obras.

Estaba, por ejemplo, Ildefonso Franco (le dicen Poncho), ganador del primer premio con Flora Huayaquilensis, una pintura verdosa que parecía una sopa de brócoli antes de ser cocinada. Y como él, había otros más que se sacaban fotos familiares junto a sus cuadros, que luego colgarían en sus humildes salas.

El pobre arte guayaquileño lucía aún más precario al lado de las cartulinas grotescas sobre las que escribieron los títulos de las obras.

Pero nada llamó más la atención que las pequeñas (aunque demasiado grandes para la ocasión) patitas de pollo frito que, apetitosas y sudadas en grasa, paseaban en una bandeja, como de matiné, los meseros. Es que la gente –allí me di cuenta- no iba hambrienta de arte, sino hambrienta a secas.

Al lado de las patitas de pollo, de plásticas copas descartables resurgía un vino acaramelado, seguramente salido de un cartón prensado.

Entonces, las señoras emperifolladas como para misa de pueblo, los intelectuales con sus mejores poses y los periodistas que fueron a cubrir el evento comieron ávidos las patitas de pollo, los canapés con menjunjes y tomaron hasta que se acabó el jugo de uva. Las obras dejaron de ser vistas por quienes de público pasaron, en un santiamén, a comensales. Y luego a chimpancés cuando empezaron a arrojar las servilletas sucias al piso y se limpiaron la boca con las manos.
Así, el escenario, la cuna del arte guayaquileño, pasó de parecer una galería de pintura barata a un mercadillo del suburbio al mediodía.

Por Mirada braguetera