13.1.08

La lagartija azul

Hoy me fui a pasear en Metro vía –fue un pedido de mi sobrino (ya que nunca le compro nada, al menos tengo que hacer lo que me pide una vez al mes)- y sentí la ciudad tan distinta desde esa lagartija azul que recorre de norte a sur este pueblo regenerado. No sabía si mirar el vídeo de Miranda que desde una pantalla me taladraba: Éramos tan buenos amigos hasta hoy /Que yo probé tu desempeño en el amor / Me aproveché de que habíamos tomado tanto/ Te fuiste dejando y te agarré/ A pesar de saber que estaba todo mal /… o sacar los ojos por la ventana y ver el río que desde un tramo cercano a la terminal le daba un toque romántico al paseo. Entonces no tuve salida y me pregunté ¿o esto es lindo –el paseo dominical que jamás se me había ocurrido hacer- o estoy enamorada?
Adentro, sentados en los asientos azules de la lagartija, los pasajeros parecían relajados. Nadie se pisaba ni escupía. Afuera, la ciudad, aún caótica y ruidosa, ya no olía tanto a sol y la imagen bahiana de un pueblo fronterizo se iba desdibujando como en una foto antigua.
Después, entré a la nueva terminal de buses que antes no tenía casi nada distinto a la de Babahoyo –salvo que era más grande y, por lo tanto, había más suciedad, desorden y olor a pis- y ahora está mucho más limpia, grande y organizada que la de Lima o de Buenos Aires. Incluso pude desayunar, nos regalaron tres globos de colores y entramos en una juguetería. Me compré un ula-ula. Respiré. No me había enamorado: hoy Guayaquil me gustó.
Por Mirada Braguetera